viernes, abril 13, 2007

¿Dónde están las personas?

El diario La Tercera le dedicó un reportaje este domingo a Jorge Lizama Sazo, un individuo con habilidades innatas para hacerse conocido. Su currículo se inicia el 11 de septiembre del 2005, cuando ataca un local de Burger King en las cercanías del Cementerio General. Ese mismo día, supuestamente, arremete con una molotov contra la Moneda. Cierto o no, su rostro cubierto es retratado junto a la ventana en llamas del inmueble palaciego. Más recientemente, amparado en la turba para la coincidencia entre el fiasco del Transantiago y el Día del Joven Combatiente, le rompe de un piedrazo el parabrisas al automóvil de la jueza Gloria Chevesich. Nuevamente se las arregla para quedar registrado en cámaras de todo tipo.
Conviértese, probablemente sin desearlo, en un “rostro”. Aún encapuchada, su faz se funa ejemplarmente para cada evento. Talento singular el de este sujeto. Una cara tapada que se hace visible como imagen pública en medio de la masa carente de rasgos debe tener ciertas dotes especiales, necesariamente. El periodismo, que siempre procede de mala leche, aprovecha la ocasión para presentarlo de forma muy burda a la ciudadanía. Puesto al descubierto su semblante, en la nota se incluye una fotografía grotesca de cuando Lizama era niño: una postura simiesca, la lengua afuera, ojos desviados haciendo el idiota…, en fin. Todos tenemos alguna foto indigna. Sería absurdo pensar que este tipo, dado su carácter, constituiría una excepción a la regla. El mensaje periodístico, en cualquier caso, resulta claro. Cito la bajada del artículo: “Son ultraviolentos, inorgánicos, no poseen una ideología clara.” Podría también agregarse: “Son neoprimitivos”, pero siempre será preferible dejarlo sugerido.
La historia de este joven, con sus resortes psicológicos y pequeñas anécdotas que la constituyen, es desmenuzada con notable malicia por los hábiles reporteros. Jorge devino vegano luego de que a los ocho o nueve años presenciara la matanza de un cordero. Eso, junto a la separación de sus padres, sería el factor determinante en su formación. Pero también nos cuentan que sus amigos lo apodan “Kenny”, en alusión al personaje de South Park que muere en cada serie, cosa tal vez igualmente reveladora. Cuesta poco ver en ese detalle una relación con su don; probablemente ha sido siempre sindicado en su casa, colegio y barrio, como responsable de tropelías y maldades de todo tipo. Es casi seguro que carga con actos de otro que luego él luce como propios. Funarse a cada rato equivale a morir un poco cada día, pero también implica cierto nivel de íntima satisfacción, todos lo sabemos.
De paso, en un estilo muy típico de la línea editorial del medio, se nos entrega un relato de cierto diálogo acaecido supuestamente en momentos del asalto a la Chevesich. Alguien habría intentado calmar a la turba aludiendo a la condición humana de la ministra. Algo así como: “¿Qué están haciendo? ¿No se dan cuenta de que se trata de una persona?” A lo cual Lizama habría respondido: “Si es por eso, los pacos también son personas.”
No es una mala contestación, desde luego. Hace que uno se debata entre varias posibles respuestas. En un instante de acción directa, sencillamente diluye la réplica. Estamos en la calle, en medio de una ocasión soñada de escupir a la autoridad, no en un tribunal o una sala de debates. El diálogo, en realidad, es lo de menos. Lo más probable es que ni siquiera tuviera lugar. Un aliño periodístico que ilustra un carácter antihumanitario e inconsciente de parte de esta masa manifestante por medio de su improvisado vocero.
Podríamos aceptar la idea de que los pacos no son, en verdad, personas. Ni siquiera “delincuentes con insignia” (eso sería humanizarlos). El policía impersonal, una marioneta, un resorte movido por un sistema, una caja hueca, máquina de articulaciones preestablecidas, programadas, sin identidad propia. Un fenómeno ante nosotros no muy distinto que un semáforo. Pegarle una patada voladora a una de estas entidades tiene un valor simbólico análogo a quemar una bandera chilena o estrellar una silla contra un ventanal de Mc Donald. No se atenta contra gente sino contra instituciones, lo cual es un triste desahogo. Hay quien puede sentir placer estético al contemplar un trozo de cemento impactando un rostro policial, pero al desperzonalizar el objeto de ira no se consigue avanzar mucho en términos reivindicativos, ni aún lúdicos. Siempre es necesario algo más. La mecánica de la descarga vacía no admite satisfacciones plenas. Si el paco no es persona, por extensión no hay fines en el acto de lucha sino una pelea e inconformismo renovables mientras exista cierta “energía” en el organismo que protesta.
Los pacos, de esta forma, son objetos verdosos perfectamente sustituibles unos por otros en sus funciones. Hoy un grupo de ellos “resiste” o “reprime” a tal masa en el centro. Mañana serán otros…, ¿o los mismos? Da igual, según parece. Y si eso es así, cosa análoga sucederá con los púberes jugando a combatientes. ¿Cuántos de los que hoy apedrean encapuchados el Hospital del Trabajador en repudio del pésimo sistema de transporte son los mismos que rompen los paraderos en demanda de una educación igualitaria y digna? Los términos de esta dialéctica entre pacos y manifestantes se nivelan en términos de insustancialidad.
El concepto de “familia” que pueda haber detrás del carabinero individual ha sido soslayado. Efectismos del sistema. Acaso el vegano que aporrea la fábrica de pollos imagine otro tipo de base para su condición. Lo sostienen sus creencias personales, por ejemplo, ya que familia y religión pasan a ser ficciones sociales. Tal vez tenga fe en la posibilidad de una vida en pequeñas comunidades, o crea en el autogobierno y en la producción de alimentos a escala individual. Defenderá también el uso de la bicicleta como alternativa de desplazamiento. Probablemente apruebe la causa mapuche apoyándose en Bakunin, en la misma medida que afirma los derechos de los animales. En la Declaración Universal de los Derechos Humanos no puede tener total fe, sin embargo. Hay seres humanos que no son, en verdad, humanos, como los pacos. Además la pancarta humanista ha sido demasiado enarbolada por el sistema y como tal resulta dudosa. ¿Y no es dudosa, entonces, la efigie del Che en las poleras combativas, máxime si en algunas aparece mimetizada con el rostro de Homero Simpson?
Confuso credo, y cómo no habría de serlo en tiempos en que resulta más fácil nombrar aquello en lo que no se cree. Hablemos entonces de capitalismo, de sistema estatal y parlamentario, de cualquier forma de autoridad, del fraude electoral, de las corporaciones multinacionales, de la industria alimenticia, de George W. Bush y los Estados Unidos, de la hegemonía de las sociedades patriarcales en occidente. Todo un concierto que se podría llamar “las injustas condiciones sociales de Chile y el mundo”. Ello podría sostener con mayor legitimidad los motivos de la rebeldía; amplio catálogo de infamias que, con toda razón, mueven al descrédito. Lo triste es que no hay, en verdad, fuerza alguna que emane del ideario positivo de las creencias. Sólo contamos con una energía centrífuga de pura negatividad, cuyas piezas ideológicas actúan autónomas al modo de un enjambre discursivo que revolotea alrededor de sí mismo sin alcanzar nunca una unidad definida. Que las identidades resulten diluidas en esta vorágine y de ahí el incesante intento de reconstruirlas, será materia predilecta de la posmodernidad académica. En la protesta callejera, sin embargo, duele no notar más que la manifestación impersonal y huera de las miles de ideologías rondando actualmente. Detrás del proscenio en que ello transcurre no hay personas, sólo texto sin actores reales.
Situación inadmisible para el sistema. A la luz de los hechos, - o ante su oscuridad-, se hace necesario gestionar la debida presencialidad de estos jóvenes con figuras precisas que no permitan ambigüedad, como una ley de responsabilidad adolescente, por ejemplo. Pronto se pedirá bajar la responsabilidad penal a los doce años, más tarde a los diez, y así en lo sucesivo. Estrategias de inclusión. El rebelde u inconformista es integrado al incorporarlo en determinada figura legal, se supone. Su identidad será reforzada con el aparataje social previsto para estos casos: tribunales, personal de gendarmería, carros celulares, grilletes, etcétera. Pero que la sociedad reaccione de esta manera no es, en ningún caso, garantía de personalidad, menos de tranquilidad futura. Ya podemos emular a Diógenes de Sínope y salir a las protestas portando una lámpara encendida a plena luz del día, tratando de “encontrar hombres” en medio del tráfago de piedras y sirenas. Hoy por hoy debemos tener cuidado al hablar, eso sí. No “hombres”, nótese, pero sí “hombres y mujeres”, o tal vez “gentes”. Por un descuido podemos herir sentimientos de género altamente sensibles. De pronto nos podemos ver envueltos en un lío como la Chevesich. Puede que no lidiemos con seres, pero a las ideologías en movimiento hay que guardarles su debida consideración.
¿Resultados de un trazado ciudadano desigual? ¿Consecuencias de la exclusión? ¿Efectos a nivel local de la globalización en marcha? ¿Reacciones de las periferias sin voz? ¿Un sistema que obtiene lo que merece? ¿El desenlace propio de una sociedad que no frecuenta el debate franco? ¿Una brisa de espíritu adolescente que busca su espacio?
Algunas. Todas. Ninguna.
Me quedo con la imagen de un Jorge Lizama como émbolo del torpe inconformismo, con su carga mediática de vacuidad añadida, efigie que no obstante demanda respuestas racionales para algo que hace rato dejó de pertenecer a la razón. Dejemos entonces hablar a la lógica social con sus manicuristas de sistema. Familiaricémonos con la amplia gama de discursos insustanciales flotando en el aire, invitando al otro a formar parte. Seamos receptivos, tolerantes, abiertos al diálogo. Creámonos inocentes de cuanto pasa, propongamos soluciones. Mostrémonos resolutivos, esta es nuestra gran empresa y hemos de cuidarla. Riamos.

domingo, enero 28, 2007

Es Lo Que Hay

Más allá del inconformismo soterrado de la expresión, por debajo de los etéreos cimientos que la erigen como frase representativa de nuestra cultura, subyace una decisiva negación de ser que no está demás recordar en este período por lo demás abúlico y que, según todos los indicios, no existe propiamente. No al menos como un espacio tiempo lineal, ni mucho menos progresivo. Jamás como sustancia ni como viva entelequia. Tanto tránsito, tal vez, lleva a “lo que hay” a aparecer como fugacidad constitutiva de nuestra realidad, ya que otra cosa no se puede sostener entre tanta velocidad.
“Es lo que hay”. A nivel social lo decimos, por ejemplo, para excusar un rendimiento intelectual mediocre; para justificar una de tantas derrotas deportivas; para sostener un estado físico tal vez deplorable o una labor pobremente realizada. Comodín de mediocridad abierto a granjear simpatías y complicidades. Denota lo (poco) que hay en una parcela individual al mismo tiempo que busca hacer partícipe al otro de la mentada carencia. Cuando no eso, camufla una adulación subterránea proclive a la risa fácil. Ejercicio de autodefensa, en última instancia, para transitar en medio de la selva de competitividad ayudado por un cinismo imperceptible, ya que continuo. Disminución de la vergüenza enojosa y reducción humorística de la burla pública. Resultado: un sueño más plácido llegada la noche; un stress que elude la nulidad del yo para reducirse, en la forma, a la sobrecarga laboral y la intensidad del ajetreo ciudadano, extensivo a todas sus modalidades, desde luego incluidas aquellas atribuidas a la distensión y el relajo. Lo que hay, de este modo, ayuda como muletilla a no hacer hincapié en los elementos depresivos que conforman ese haber transitorio. Si es cierto que se habla como se piensa, entonces basta con decir estos cuatro monosílabos para morigerar notablemente un estado de cosas dado. Al mismo tiempo, sirve de ingrediente acre-cómico en conversaciones y veladas, disimulando de este modo la operancia latente que efectúa en el vivir.
Fuera de esto, o dentro del mismo enunciado, lo que hay ayuda a no conocer lo que es. Ser lo que hay resulta una expresión de nihilismo refinada, cuya gracia irónica consiste en acelerar el olvido de aquello de que se es consciente, no queriendo serlo. Como la vida, el bautizo, u otras arbitrariedades que “nos tocan”, sin tener la posibilidad de escoger si las aceptamos o no; la conciencia, así, deviene una suerte de lastre una vez que se aceptan la existencia y el nombre propio, por nombrar algunas incomodidades. El conformismo se define así como estrategia de autoayuda. Su eficiencia está determinada prioritariamente por el modo más o menos exitoso en que se concretice en el habla. En este sentido, un lenguaje solidificado, - dizque vivo pero en verdad más bien moribundo-, viene a paliar en buena medida la necesaria frustración. Ser lo que hay viene a poner en tránsito vegetativo eso difícil de asir y de aceptar. Reconocerse como caricatura es, sin duda, más halagüeño que nada.
Pero decir “es lo que hay”, además, transforma en jovial lo indigno que sobra del vacío. Fácticamente, podemos estar nombrando cualquier aspecto de lo intramundano. Realmente, estamos negando la realidad al nivel de una decisión contra toda ontología. Nos tragamos en la vorágine del movimiento que a un mismo tiempo da y quita la forma a un mundo. De paso aprovechamos de esbozar una sonrisa ante ello. La jovialidad será probablemente lo más de paso que hay en todo ello, a pesar de que paradójicamente sea lo único que perviva. Ha sido dicho en lengua romántica que la ironía es la forma de lo paradójico, pero ya no podemos creer que esto último sea, a la vez, todo cuanto hay de bello y grande.
Si algo hay de bello en el haber provisorio, resulta disuelto en las sucesivas series que lo conforman. Lo mismo puede decirse de la grandeza, la pequeñez, o en general todas las formas de extensión posibles de conocerse. Si en última instancia lo que se resiente con ello es el conocimiento como tal, mal podremos apelar a una totalidad en este escenario donde los estadios del ser han disminuido hasta prácticamente desaparecer. Una tautología, ser lo que hay, cuyo pilar resulta la paradoja por la paradoja, fórmula de neutralidad de las valoraciones cuyo objeto es preciso: Priorizar el mantenerse, vivir el día a día, negar las finalidades últimas, hacer llevadero el fracaso epocal.
Invertir las voces no constituye ardid válido; más bien equivale a la acentuación de un lamento; siendo consecuentes, habríamos de formular una suerte de: “¡Ay, lo que es!” Pero no se trata aquí de ser quejicas. Optamos, en cambio, por aparecer como chistosos de un siglo que nace muerto, tragicómicas sombras del no ser.




lunes, enero 22, 2007

BIP!

Son tiempos de cambio en las formas del desplazamiento urbano, escuchamos por todas partes. Un buen momento para recalcar que de esto resulta, quizás por causas que podríamos llamar inevitables, una permanencia, una insistencia en cierta belleza que nos es connatural.
La tarjeta, bien lo sabemos, nos lo han repetido desde todos los ejes, tiene por apellido “Bip!”. Resulta evidente el origen onomatopéyico de la expresión aquí reseñada. La máquina emite un sonido, los hombres van y lo reproducen fonéticamente, persistencia del balido que nos hace humanos. Nada nuevo hay en ello ni en nada de lo que expondré a continuación.
El receptáculo emite dicho sonido y no otro; ello es porque tiene sus razones para hacerlo. A pesar de que mucho se ha especulado bajo excusa de los más arbitrarios motivos, - con fines propagandísticos, las más de las veces-, la verdad es una y clara en esta materia: El Bip! de la maquinita alude, como todos ya saben, a una imitación del canto de las aves. Imitación artefactual, fuertemente mimética, en quinto o sexto grado en escala de millón (en el cruce entre Platón y Houllebecq está la más precisa respuesta), pero imitación al fin y al cabo. La conclusión es unívoca: esto emparenta al sistema con el sempiterno deseo del hombre por volar.
Sería de una ingenuidad inadmisible atribuir a una casualidad el hecho de que el dispositivo sea empleado para mentar los desplazamientos ciudadanos.
El saber popular, muchas veces renegado, nos recuerda que la movilidad terrestre, sea ésta subterránea o en altura, esconde en su función tecnológica una nítida ambición de trascendencia. Bien lo sabe la industria aeronáutica; juega diariamente con ese saber, haciendo de ello un lucro sideral, mayor que cualquier empresa de transporte terrestre o marítimo. Ahí donde tecnología e ionósfera se confunden, sitúase el límite que el humano ha trazado en términos de metafísica industrial. Pero a no engañarse: esa localidad es en realidad una borradura, en este caso la de los orígenes del capitalismo, con toda la seriedad de consecuencias que ello conlleva.
Ya que la máquina es el ente mediador por excelencia en todo este constructo histórico, hoy por hoy nadie tiene empachos en decir que el hombre no es medida de inmanencia para el todo. Ello no hace ninguna novedad, si bien nos acerca a nuestro objeto en las implicancias de la voz “Bip!”. La máquina, podemos añadir en consecuencia, está desde siempre en un plano ideal superior al humano. Las superposiciones intermedias no hacen diferencia, si bien constituyen una de las posibilidades de que podamos notar las diferencias más o menos visibles en el mundo.
A menudo nos topamos en los muros de los arrabales con un stencil provocativo y enigmático. Un niño corre con los brazos extendidos mientras una paloma lo observa en ademán pesaroso. En ciertos bares opinan que el significado es muy claro y alude a una pronta catástrofe; en otros, vacilan en ser tan categóricos. Todos, sin embargo, coinciden en algo: la significación de ello es eminentemente ciudadana. Parece más que probable que así sea, en efecto, toda vez que la imagen no se ve en otros parajes que no sean los cordones que rodean a nuestra querida capital. Al menos yo no tengo noticia de que el stencil haya sido visto en campos, montes, lagos o desiertos, si bien cierto mito urbano pregona que en ocasiones, cuando se vuela a gran altura, es posible deducirlo a través de cierta nomenclatura de nubes, a no menos de tres mil quinientos metros por sobre el nivel marítimo. Me declaro agnóstico frente al particular.
Mientras, nuestros oídos se llenan de repeticiones del sonido en cuestión. Repeticiones de repeticiones, proliferación de un deseo trunco y a cada paso más inconfeso, por cuanto oculto en capas de desplazamiento ciudadano ininterrumpido. El movimiento es implacable para con todo origen, pero ahí tenemos la sabiduría popular para hacer de ello una memoria en cada período amnésico, o la suma de estos, que es decir la existencia.
Jamás volaremos, ingrata certeza. A falta de alas, bueno resulta el plástico de la tarjeta. Útil, cuando menos, para olvidar mientras se viaja. La vieja alegoría del alcohol permanece en operancia, contrario a lo que sostienen los dogmáticos de la academia.
Queda un consuelo, que tiene el mérito de rescatar la belleza propia del proceso. El humano, haciendo valer las estrategias de significación que tiene a la mano, intenta asir el deseo escondido por medio de una reproducción onomatopéyica. Cierto es que no puede sino fracasar, toda vez que con cada voz, cada graznido, ha añadido una capa más de incomprensión al tránsito de lo olvidadizo. Pero ese nuevo fracaso, esa derrota que se repite hasta el paroxismo, ¿no es señal de una muy estética caída? No hay llamas rondando, pero es innegable que seguimos participando de los dominios de la belleza.


sábado, noviembre 25, 2006

FF (Fracasos Flaubertianos)

He heredado. Me retiro al campo. Estoy harto de la vida citadina. No tengo mujer ni hijos, sólo un amigo. Lo conmino a acompañarme. Él, como yo, juzga que más vale vivir sin mujeres. Tenemos libros. Empacamos bártulos, pertenencias varias, pero nos demoramos un par de años en elegir el mejor sitio posible dentro de nuestra geografía; finalmente emprendemos la marcha, decididos a vivir de lo que mi amigo llama “la opulencia de la tierra”.
La hacienda cuenta de treinta y cinco hectáreas. La casa precisa de ciertas reparaciones. La huerta está a mal traer. El granjero arrendatario nos hace ver una infinidad de imperfecciones a reparar. ¡Qué suerte que ha llegado un patrón preocupado de poner todo en orden! Mi amigo me llama a desconfiar de las lisonjas. Lo tomo en cuenta. Postergamos la visita a los notables del pueblo y nos dejamos ver poco. El misterio que nos rodea es bastante absurdo, pero apenas si pensamos en ello.
Hay que trabajar. Mucho trabajar.
Las posibilidades que parten de las treinta y cinco hectáreas parecían inagotables. Los espárragos y los guisantes iban bien, pero resultaba mezquino de espíritu dedicarse sólo a la horticultura. Nos instruimos acerca del trabajo campestre. La literatura agrimensora nos abrió un abanico de infinitos y maravillosos saberes. Nos empapamos de métodos locales y extranjeros para extraer un mejor provecho de la tierra. Adquirimos bueyes, carneros, cerdos. Desempedramos una pequeña colina, empresa que nos demandó grandes dosis de esfuerzo. Todo debe aprovecharse. Despedimos al viejo arrendatario (un saboteador) y contratamos nuevo personal, entre animales y sirvientes un poco más semejantes a nosotros. Reemplazamos la lectura del atardecer por largas jornadas de vigilancia y trabajo. Todo debe hacerse de manera correcta. He invertido buena parte de la herencia para los cultivos de los primeros años.
Algo no marcha bien. Los cursos de Gasparín se contradicen en partes fundamentales con el manual de Roret. Las recomendaciones de Puvis no han dado buenos resultados. La casuística elaborada por Leclerc no se condice con nuestra experiencia. De seguir las recomendaciones del mayor Beetson, abandonaríamos todo abono. ¡Descabellado! No nos ha sido posible, tampoco, dar un uso práctico a la clasificación de Luke-Howard sobre los estadios del clima. Las nubes que asemejan islas pueden confundirse con aquellas que se alargan como cabelleras. Además, como dijo ese gran autor:
“Las formas cambiando antes de que ellos hubieran encontrado el nombre.”
Eso es lo que sucede, sólo que en el momento no nos apercibimos. Los resultados se dejan ver después, en un proceder cruel de parte de la naturaleza. Enumero algunos: granos de trigo perdidos a causa de los temporales; rendimientos deplorables debido al sobreexceso de orujo; corraleras embarazadas, paternidades inciertas; más gente viviendo a costa nuestra; robos de parte de los trilladores, de los pastores; una colina que produce aún menos habiéndose desempedrado; coles del porte de calabazas, incomestibles. Corolario: una cosecha de melones con gusto a tomate.
Hay que optar por el cultivo a gran escala, me digo. Vivimos en tiempos de rendimientos industriales. Pongo todo mi haber en la compra de nuevos y más ostensibles medios de producción. Nos abocamos a la lectura de las teorías “duras” acerca de los nuevos usos de la tierra. Visitamos latifundistas vecinos, observamos y admiramos sus métodos. Los aplicamos. Vuélvome un adicto a toda forma de abono. Recibo cadáveres de todo tipo, elimino las letrinas, improviso fabricando el guano. Por las noches sueño con estiércol en múltiples formas. Fantaseo con una ubérrima lluvia de excrementos. Mi tierra huele a rayos, pero sé que en el fondo el oro es mierda o la mierda es oro; como sea, sonrío (por un tiempo).
Los campesinos son incapaces de entender correctamente el empleo de los nuevos instrumentos. Se empeñan en estropearlo todo. Las cosechas, pestilentes, se han vendido a muy bajo precio. Es la falta de personal adecuado, me digo. Reviso los manuales. Junto a mi amigo consideramos una forma de mejorar los quintales de trigo que se salvaron del desastre. Un sistema holandés, Clap-Meyer, de fermentación, parece el más indicado. Resultado: los almiares incendiados. Otro año a pérdida. Más de la mitad de la herencia en cifras rojas en mis laberínticos libros contables.
Entonces estudiamos las posibilidades de la fruticultura y decidimos ponerla en práctica. Ciruelos, perales, manzanos, damascos. Largas jornadas eliminando orugas. Noches de insomnio debatiendo acerca de los mejores pesticidas a utilizar. Con mi amigo discutimos el modo de lograr un ideal de fertilidad. De seguir a rajatabla los postulados de los autores, para preservar los canales de savia debiésemos suprimir todo canal de riego directo. “Para mantenerse bien, sería menester que el árbol no tuviera frutos”. Dudamos un momento, preocupados de la paradoja que ello significaba.
Al cabo de unos meses, la catástrofe. Un intempestivo vendaval que llegó para barrer con cuánta fruta. Posas de barro con peras y paltas flotando indistintamente. Árboles raquíticos. Las pocas especies que se mantenían colgando de las ramas, picoteadas por aves malignas que se ufanaban en burlarse de nuestros espantapájaros (y eso que los habíamos vestido según la moda capitalina). Una vez ahítos, los cuervos, gorriones y jotes, posábanse en los alfeizares, arriba nuestro, sosteniéndose el vientre con las plumas cosa de aguantar de mejor forma los ataques de risa.
¿No sería un engaño más, la fruticultura?
Ya estaba comprobado, por lo menos, que la agricultura lo era. Un timo de proporciones rebelesianas.
¿Qué hacer?
(Antes de enciclopedistas, fuimos hombres de la tierra.)

domingo, noviembre 12, 2006

With Teeth

A mi lado, dentro de un frasquito generosamente facilitado por el señor dentista, tengo dos piezas molares que por estos días constituyen el núcleo desde el cual giran los sucesos que llenan mi vida precaria. Al compararlas con un martillo puede que no parezcan gran cosa, pero son ciertamente más grandes y gruesas que un clavo de dos pulgadas. La sensación, de hecho, es como cuando te martillan uno en un sector periférico de la encía, algo que todos, sin duda, conocemos muy bien. En lenguaje técnico, estamos hablando de las piezas uno y diecisiete. Para la imaginación, trátase del último rescoldo de juicio crítico que alguna vez pude poseer. ¿Qué haré, pues, a continuación?
Jugar Nintendo indefinidamente es, hasta ahora, la posibilidad número uno del ranking. Pero como eso también aburre, y además abrir la boca supone un esfuerzo de mierda, - la posibilidad número dos es optar por un mutismo oral voluntario, igualmente indefinido-, qué mejor que escribir un rato para un blog que alguna vez imaginé como plataforma de algo (so pretexto de una vaga idea de transitoriedad).
Ignoro qué haré a futuro, partí diciendo, pero algo vislumbro respecto a lo que he tratado de hacer. Nada de lo que viene a continuación, con excepción de Jó y de Conrad, tiene pretensiones de certeza.
He tratado de escribir una novela y he concluido dicho intento en un lapso que podría calificar de record. Calculé un promedio: siete páginas por día durante dos meses (Word, TNR, 12, int. sencillo.), considerando algunas borracheras intermedias que ayudaron a interrumpir, ocasionalmente, el ritmo de producción. Necesito de esas interrupciones para sentirme un poco menos enajenado, lo cual, - ya puedo escuchar las risas-, no es sino otra forma de enajenarse, lo sé, pero un hombre tiene la libertad de elegir cómo se engaña.
Dado que la novela podría calificarse de “negra”, guiándose de ciertas claves, he dado con el teléfono y el mail del señor Ramón Díaz Eterovic, al cual pretendo contactar y solicitar su juicio y su paciencia no bien termine las labores de corrección e impresión. Esto último, - imprimirla-, es probable que me lleve más tiempo que todos los esfuerzos previos. Deploro que sea tan necesario, ya que supóneme entrar en contacto con minucias tecnológicas para las cuales me sé maldito por una oscura voluntad decimonónica.
No mentiría diciendo que guardo ciertas expectativas con lo que pueda ocurrir con ella (hablo de la novela, no de la maldición, aunque en fin…). Tiene un argumento que podría insertarse en cierta corriente literaria por muchos vilipendiada. Reconozco de antemano el oportunismo que encierra esta declaración. En tiempos en que todo vilipendio constituye un motivo para ensalzar y redescubrir algo (cualquier cosa), esto bien puede leerse como estrategia publicitaria, que lo es, como el blog completo.
Pero he de advertirlo: Como todo, finalmente esto también está destinado a disolverse en joda. En base a ello es desde donde puedo hablar, con plena seguridad, de “expectativas”. Ahora, a otra cosa.
Han pasado nuestras celebraciones patrias con la misma enseñanza de siempre: una efeméride con nada digno de ser celebrado, por lo menos en Santiago de Chile. Como no vale la pena hacer memoria de ello, opto por recomendar la lectura del belga Georges Simenon a quien se interese por alguien que seguramente inspiró a Carver y a varios otros que hoy pregonan las virtudes del minimalismo. Aclaro algo: no he leído ninguna de las ochenta y tantas novelas protagonizadas por el Inspector Maigret; hablo sólo de dos de las restantes ciento-veinti-tantas que firmó con su nombre; por ende, tampoco refiérome a ninguna de las casi mil que escribió por encargo cuando gozaba del amplio desconocimiento internacional. Las que he leído, no está demás decirlo, son “Los Hermanos Rico” y “El hijo del relojero”.
He cumplido cuatro años junto a una mujer que me hace sentir muy bien cada vez que está a mi lado y aún cuando no lo está. Acaso entonces más, por eso del recuerdo y la idealidad. Como sea, Jó, tú sabes lo que es eso; al margen de mi humor durante estos días, sabes también que te amo y que pretendo extender este tiempo contigo mucho más.
Rodrigo me ha grabado en el PC el último disco de Deftones. Agradecido estoy de Agradecido, y asimismo emocionado. Trato con todas mis fuerzas de emular a Chino Moreno, y a pesar de que mis condiciones vocales sean paupérrimas, al menos en mi mejilla derecha he conseguido algunos progresos en términos de imagen.
Descubrí también una cinta que otro Rodrigo, - garboso misántropo adicto al nadir-, grabóme hace varios años y que tenía olvidada. Lo único que recuerdo es que el apellido de aquel intérprete es Johnson. No es Eric, ni Robert, ni Don. Sí es sesentero y compone unas operas roqueras donde se interna sin recatos en hermosas e infernales visiones lisérgicas. Su voz, extremadamente versátil, alcanza unos tonos agudos que son la envidia, literalmente hablando, de Bruce Dickinson. Hoy por hoy, trato de escucharlo diariamente como estrategia para tener los pies en la tierra.
En cuanto a Conrad…, he intentado tributarlo a mi manera, - muy aylwiniana, “en la medida de lo posible”-, pero temo caer en el insulto. Es el mejor descubrimiento que he hecho este año, con holgura. Más que Kennedy Toole y que Aira (espero que a alguien le duela esto). Decir más, acá, sería improcedente y vacuo. Baste sólo con mencionarlo.
Ahora, lo agraz:
Visité la Feria del Libro de Santiago.
Cierto texto en el cual comento algunas cosas de Michel Foucault ha visto la luz en una edición publicada recientemente. En rigor, ni siquiera se le pueden llamar comentarios a ese hatajo de liviandades garrapateadas para salir del paso.
Me han birlado el dinero del mes al frente de mis ojos a pocas horas de mi accidente con el dentista, lo cual ha contribuido sobremanera a ennegrecer el espíritu. ¿Algún posible culpable? Mejor no hablar de aquello de lo cual es preferible guardar silencio.
Cuando destapo el frasquito facilitado por el señor dentista advierto un aroma mefítico, difícilmente medible o susceptible de ilustración. ¿Serán esos jirones verdosos que rodean al par de infames lo que hiede así? Eso que hace días era carne rojiza igualmente asquerosa, ¿será que se pudre y muere? ¿Así voy a oler yo también?
¿Alguien sabe de una picada de formaldehído? (A bajo precio, por favor)

domingo, septiembre 10, 2006

Intermedio (Thanks Tom)

Era suficiente con estar ahí, en mitad del pozo del sacrificio, saliendo de “Hallowed Point”, inmerso en el marasmo infernal mientras sentía la garganta lacerada y sedienta aunque no por ello dejando de corear cada vil y reconfortante estrofa, suficiente, pero el demonio revelóse ángel otra vez y ahí lo divisé, a mi derecha, - la mirada desorbitada y fija al frente.-, sin poder creerlo en un principio pero casi al instante comprendiendo que era lo más lógico, incluso lo inevitable, y sin pensar más corrí y lo abracé, un abrazo de metal y locura en medio del cual sentí un gusto satánico al comprobar que él correspondía a la efusión, y fue la segunda vez en la noche que me dieron ganas de soltar las lágrimas, y de las tres veces que eso me pasó, fue aquella la más agradable y la que con más nitidez recordaré después de mucho tiempo, chico Robredo, amigo, te digo que hay pocas cosas como reencontrarse y saber que, a pesar de todo, sigue habiendo cariño, te felicito y sé que vas a ser un excelente padre.

Gracias, Slayer, por una velada inolvidable.

domingo, agosto 27, 2006

Lo único posible de ver, todo lo circundante, era un negro impenetrable, como quien dice; pero tenía que penetrarlo.

En realidad no tenía remedio, ya estaba dentro de ello.

Todo había comenzado la semana anterior. En el casino, a la una y cuarenta de la madrugada, mientras bebía aquella pócima hirviente y me zampaba todos los panes posibles, aparece de pronto Osvaldo, que vuelve a la faena y como de paso me dice:

-¿Así que vamos a hacer un carretito en tu casa?

Jamás lo abandona esa sonrisa de camaradería; como para reafirmarlo, me suelta un par de palmadas amistosas en el hombro. A mi lado escucho risas, voces mezcladas. Nunca vítores, pero sí un aplauso perdido. No falta el que dice:

-¿No habíai avisado ná, hueón?

Todo se afirma, se exclama, se propone, se sugiere, se reclama, en tono de pregunta. Nuestro estilo.

Aseguro no saber nada al respecto y resulto interpelado. Me permito insinuar que nuestro control de calidad acostumbra ver cosas donde no las hay, escucharlas donde no han sido dichas, y suma y sigue; en una palabra, delira y habla al descuido, “anda alumbrando al puro peo”. Por lo demás, mi humor no es de los mejores. En un momento me encierro en un ronco mutismo y concéntrome solamente en ese café que parece venir del infierno o alguna provincia cercana. El tazón es de lata y no hay manera de que se entibie pronto. Dentro de aquella cocina, de alguna diabólica manera, se las arreglaban para tener una tetera hirviendo perenne y siempre con agua. Si les pedías agua tibia quería decir para ellas calcinante; si reclamabas un chorro de agua helada te llenaban el tazón hasta la baranda. Después de un rato, en todo caso, te acostumbras a Chiloé.

La pesquera era un colegio grande; digamos un colegio a secas, ya que aquellos en los que estuve eran en realidad chozas para cucarachas, en todos los sentidos que se quiera interpretar esta frase. En resumen: un lugar de disciplinarización y de chiste. Había ahí un horario, cotonas, pecheras, gorras, botas, casilleros, además de un patio de recreo donde el personal reuníase a fumar y a chismorrear y donde podías ver por un costado el grupo de las dalcahuinas; en otro, las que vivían en Castro; más allá, las del norte, o sea las del continente, o sea las de Chile; dentro de éste, si se te ocurría asomar la nariz, podías notar que a su vez contaban con nuevas y más ricas subdivisiones: las dos o tres solitarias, las que venían llegando hacía poco, receptáculos del odio femenino ambiental, las asentadas que ya hablaban como chilotas, las más o menos guapas (que siempre, en todas partes, gustarán de formar grupo aparte), y así. En el otro lado se juntaban el turro de hombres gritones rememorando o proyectando distintas y repetidas aventuras de alcohol y juerga. A veces, en la dinámica de intercambio de palabras y cigarrillos, los grupos se mezclaban y la gente se iba conociendo. Pero si no querías conocer a nadie era también un buen lugar.

A ese patio fui a desembocar tras acabar con la ración de café y panes. Tipo dos de la mañana, el lugar cobra un encanto especial; no tanto por los compañeros y el diálogo, por favor, sino en contraste con el páramo que ofrece el resto de noche que queda por delante. El cigarrillo que ahí se fuma es, -permítanme decirlo en tiempos de leyes dictadas para y por hijos de puta. -, francamente delicioso, y no se trata de tabaco negro o rubio ni mucho menos; la misma tela de cebolla tostada y el mismo pasto reseco que Chiletabacos distribuye en todo el territorio cobra, por alguna razón oculta, -¡misterios del sur!-, un gustillo que hechízate y al paladar refresca. Cierto que es muy probable que todo se trate de aburrimiento, pero de todas formas resultaba agradable. Al menos en el recuerdo.

Me dirigí directamente donde Fernando; nadie más podía estar detrás de todo eso.

Fernando era de Temuco. Un caso perdido, por varias razones, motivo por el cual de inmediato hicimos buenas migas. Lo recuerdo cuando llegó al turno de noche, septiembre u octubre de aquel año. Veíase taciturno y discreto, casi tímido. Como es natural, los jefes y supervisores le dieron una cálida acogida y destináronle al más agotador de los trabajos posibles en esa sección: reponer y distribuir bandejas. No sólo tenías que ir corriendo sin cejar de un costado a otro de la sala, rodeando las cintas y muebles, cargado de bandejas limpias o sucias; lo importante era que no las mezclarlas. Las limpias iban a las distintas secciones: para los fileteros, las pimboneras, los sanitizadores, las de revisión, los embolsadores y, finalmente, el sellado. Todos, por lo demás, se sentían con mucha justicia indignados cuando no disponían de suficientes; en cuanto a las sucias, que quedaban arrumbadas en todas estas partes, debías preocuparte de recogerlas y lanzarlas por el conducto que daba a la sala de lavado de bandejas; las redundancias no están de más en este caso pues todo ello debías repetirlo una y otra vez, durante un par de horas que no pasaban demasiado rápidamente. Fuera de esta misión, correspondíate además como cargador de bandejas preparar todas las tinas de sanitizado de la sala, con sus diez miligramos de ácido clorhídrico y sus tres o cuatro baldes de salmuera, la cual estaba en un bin respectivo del cual también tenías que hacerte cargo, no fuera a ser cosa que te tocase uno vacío, y entonces…, ella; fuera de todo esto, estaba la posibilidad cierta de romperte la crisma en tu continuo deambular. Considera, lector amable, un suelo verdoso permanentemente mojado al cual no siempre llegabas con tu vista debido a que, en ocasiones, el alto de bandejas superaba con mucho la altura de tu gorra, además de ciertos obstáculos impertinentes que intempestivamente, siempre, llegaban para molestarte, cual una manguera dejada al azar, cual una aleta de salmón traicionera, cual una operaria corriendo de urgencia al baño, por no nombrar, claro está, el hecho de que las botas no siempre contaban con la suela más adecuada para dichas carreras. Las empresas ahorran en insumos, etcétera. Dicho de una vez: no podías descartar del todo la posibilidad de accidentarte, pero no por ello ibas a dejar de moverte rápido.

Si hacía tiempo que lo llevabas haciendo, la cosa no ofrecía grandes dificultades. Incluso podías permitirse algunos lujos artísticos. No faltó el que ocupaba sólo una mano para llevar las bandejas y decía estar atendiendo un restaurante; o el malabarista portomontino que aprovechaba cada vez que ella daba vuelta la espalda para jugar con los trastos al aire…, hasta que lo vieron por las cámaras y lo destinaron a los frigoríficos; el sentido lúdico no era acorde con la idea de rendimiento que emanaba de la sección de producción. En fin, yo mismo, en algunas ocasiones, cuando me aburría demasiado haciendo otra cosa, no me molestaba tomar esa pega por un par de días y lanzarme a la carrera. Lo cierto es que era especialmente agradable cuando lograba disimular discman y audífonos y llevaba la cosa al compás de un buen speed metal, pongamos por caso “Among the Living” o “Rust in Peace”. Era peligroso pues ya podían hablarte y tú nada escuchar; el riesgo de esos ojos debajo de la gorra que decía “supervisora” nunca te abandonaba del todo. Pero en la dinámica ocurría también un extraño punto de torsión, donde tu yo se automatizaba a tal punto que podías prescindir de todo el resto, y entonces sólo quedaba el ritmo; nadie podía decirte nada pues tu labor estaba haciéndose de forma perfecta, y tú sin embargo ya no estabas ahí. En esas ocasiones, claro, todo era muy agradable; podías deslizarte con tus botas por la pista resbalosa calculando el centímetro exacto donde irías a parar, sacando y tirando bandejas a la vez con una coordinación manual que hoy me parece utópica. En suma, probablemente desde cierto nivel de desesperación, podías llegar a dar con fórmulas que te permitiesen divertirte ahí dentro. Tal como en el colegio.

Todo lo cual, hay que decirlo, no podía sino llegar con la práctica, luego del odio y de los abatimientos, tras maldecir una y otra vez el carácter satánico de los chilotes, a posteriori de numerosas veces sintiéndote solo, sin posibilidades de hacer otra cosa y sin posibilidades, en general; luego de todo eso que se ha dado en llamar “experiencia”, dicho de una vez, es que podías hacer del asunto algo divertido e incluso grato. Antes de eso…, bueno, lo cierto es que era triste ver a Fernando de aquí para allá, perdido entre las cintas…, todos ahí dentro, cerca de cuarenta y cinco personas, estaban en su contra y conspiraban a los gritos con la supervisora…, la gente es cruel, dicho sea de paso. Toda iniciación, por lo tradicional, debe también serlo; en este caso la víctima era Fernando; así decía en su pechera, escrito con plumón y mano trémula: “Fernando”. Era que daba lástima, por descontado de mi vocación de arcángel, como alguien me recordó hace poco. En cualquier momento caía de rodillas y se echaba a llorar, parecióme. Era, sin ir más lejos, un personaje de Dostoievski; entonces ignoraba su gentilicio, pero no tuve que soñar mucho para verlo en Semipalatinsk o en Omsk, agramando el lino o maldiciendo a sus caballos, un mujik cualquiera. Y la gente no paraba de gritarle y él nada respondía, cabizbajo; una y otra vez se equivocaba en el llenado de las tinas, y ahí aparecía ella, con su voz chillona y sus ademanes de madre superiora, presta para ofender en público al nuevo incauto, cual si fuese a ser llevado a la hoguera de uno a otro instante. Compadecido, le ofrecí ayuda y lo instruí sobre cómo hacer de forma más fácil su labor. Partí a suplantarlo, a espaldas del monstruo supervisor, cada vez que le tocaba llenar la tina. Mi compadre Julio me reprendía, me decía que lo dejara solo para que aprendiera, que no fuera hueón. Lo ayudé igual, dentro de lo posible. Luego fumamos un cigarrillo a la hora de salida, veinte para las ocho de la mañana; ahí me contó que provenía de la capital de la Araucanía y que la suerte no le era favorable en el último tiempo, digamos en los últimos veinte años, tal era su edad. Venía arrancándose de los continuos reproches que le hacían sus padres, además de la destrucción y la maldad toda que emanaban de Temuco y que yo, francamente, ignoraba que existiese. Remató diciéndome que había sido un tipo medio pastel en la vida, cosa lógica desde el hecho de que había ido a parar ahí, pero que me extrañó un tanto, tan discreto y apocado veíase.

Por supuesto que me equivoqué, como me equivoco en todo. Las primeras impresiones no son lo mío. Por lo demás, en el rato aquel que te venía contando, considerado lector, Fernando ya no era el Fernando, sino el Osama.

martes, agosto 22, 2006

Espectros de tierra


Desde siempre supimos
que tras la fachada sólo estaba eso
y que el polvo era hecho de agua
y todas las demás miserias
de escribir,
o peor:
ser un escritor.

A través de los tiempos se arrastran los ejemplares
lastimosos
las historias de patetismo, las glorias
esculpidas en piedras de triste egoísmo estatuario
el hambre de dejar impresas (para los otros)
las contradicciones de una existencia repetible
las esperanzadas visiones
las soluciones o preguntas; a veces (casi siempre)
interminables entrecruzadas descripciones,
como-si-sirviere, {y desde luego sí
postergar los ingenios y humores a futuras generaciones
retrasar, prolongar el tiempo finito de espera
en la imaginación
desfigurar a la muerte a través de palabras
desplegando una recta hacia lo negro dentro de otras
series de existencias
proyectadas en el juego, ilusional, de la literatura,
no por ello falso, más bien el único fidedigno
{único y múltiple, siempre distinto
de las restantes líneas de posibilidades
todas ciertamente dudosas, de no figurarlas en frases.

y la práctica del asunto es, ¡ay!, harto banal.

Comoquiera que dispongamos de él o los principios
ajustando los rigores de nuestro personal método
multiplicando o frenando la producción del ejercicio
siempre habrá que comer y cagar
leer y escribir.

Quien escriba que vivir puede ser distinto de leer
miente o es un inconsciente
y se dice que son estos los tiempos de la conciencia.

No leer puede ser vivir un presente puro
o no tener presente eterno.
Pudiere constituir un estado de no memoria
o la demostración de la no necesidad del recuerdo.
Ya puede demarcar a un hombre en cierto estadio respecto a otros
superiores
o borrar la marca de todo trazado teórico.
Al nombrar el no leer en sus posibilidades negativas
no lo sintetizamos más allá de toda imaginación
y no podemos hacer otra cosa.

Desde luego puédese vivir sin escribir en absoluto
pero ya supimos, también,
que más de una forma hay de cagar
y el hombre ya caga en ambos casos
expulse la mierda o quédese con ella

Queda, pues, la decisión de hacer el intento
bufa bravata del vagabundo
que solitario silba en el páramo de lo mediano
toda vez que creemos, nos dicen,
notámoslo, comprobable es a ratos
{esa idea de talento
meliflua y arrulladora
y mal que peor algo hay que-hacer.

Y nos sentamos, nos disponemos
haciendo del lenguaje matriz central de todo placer
juntando palabras que son como un parto {palanqueo
si no se relee tampoco se escribe
el jaloneo de la autoinspección operando incesante
a por gemas en hatos de piedras bombeadas
hallando, en el mejor de los casos,
algún jirón de blanda antracita,
en la desesperante espera
de quien se sabe relegado al conformismo
nunca pudiendo estar conforme.

Consecuencia del hastío y la asfixia
es el camino del nadir
ansia de ser vapor
todo derecho a la estupidez
en el camino perderse y abandonar
hundirse en el mundo hasta tragarse
licuar la existencia en invisibles series de anécdotas
no narradas
jamás sabidas, perdido en el movimiento.

Reuniendo otras (las mismas) creencias
que permitan idealizar, por un rato,
lo auténtico de un acto cualquiera
mas preservando siempre techo y piso;
engañoso vagabundo,
en su huida mantiene cobijo, escape
que no es sino sentar base para volver a empezar.

Iterable la miseria, estacionarios los impulsos
amo y odio la tierra
en mar literaria, no me interno
sólo bordeando las costas
presto a saltar cuando falta el aire.

Porque hacia infinito ya no hay mundo que ver,
sólo infinito.

Cálzome en tierra y saco catalejo
sin saber hacia dónde mirar
buscando qué decir, digo
sin saber, sin pensar
a cada rato mirando hacia atrás
y donde ya no estoy, ahí me veo
un acto innato {el lápiz saco
para volver a fijar.

Pero lo supimos desde siempre
al volver a gritar
desde antes de hablar.
No hay derecho a reclamo,
sólo hidras y mar.

jueves, agosto 03, 2006

El viento de Rosario

En Copiapó hay un río que no lleva nunca agua y es mejor que así sea, ya que de haberla significa desastre. También hay puentes que sirven para cruzar el río inexistente.

Días de desierto, de viento vespertino, días para andar en polera sin mangas tomando cerveza helada y mirando un cielo azul perenne.

Los colores de los cerros van cambiando alrededor. A veces amarillos, a veces blancos, a veces rojos y a veces también violeta. A veces todo al mismo tiempo.

La pupila se va traicionando a sí misma. La engaña el viento y las sombras de ninguna parte. Las posadas en mitad de la nada. Una vía ferrea que aparece y existe y que es lo seco. Todo da sed. Cuando baja la noche se reemplaza la cerveza por el pisco u otra cosa. Fogatas mutantes, la cara tiznada sirve para mejor mirar las estrellas y reconocerse nulo.

En Copiapó hay un cementerio que es el templo del luto y saluda e invita a todos por igual a aceptar la inexorable muerte. No discrimina. Está en la entrada de la parte llamada Rosario, donde corre un viento que al atardecer hiela los huesos y que uno entiende que insinúa algo más que arena al viento. Desertidad: una invitación a la demencia.

La Jó duerme a mi lado en un bus traqueteante. La amo en silencio mientras el sol rebota en el pavimento. Sonrío y devuelvo la vista al libro de Jim Thompson, "Los timadores". Seguramente el escritor norteamericano de novela negra más subvalorado. Acaso el mejor.

Stanley Kubrick usufructuó de él, como de tantas otras inteligencias, eclipsándola con el efectismo de la suya propia, grandilocuente y pasmosa. Todo lo contrario de Thompson. Ahora que tanto gusta el uso de la palabra "mínimo", pienso que tal vez este escritor condice a la perfección con esa idea del minimalismo. Qué personajes.

El libro se cierra y queda el desierto, los cuyis, arena que no va a ninguna parte y sin embargo avanza. Las grutas donde viven las arañas para defenderse del frío. Las aguas subterráneas y el líquido que acumulan por dentro los sanpedritos. Con un poco de suerte me conseguiré uno y veré un rato, mientras vomito.

Quién necesita ir a México si tiene a Atacama.

martes, julio 25, 2006

Lamentable Visión

Hay ojos que nunca salieron del útero
elementos no paridos hundidos en cuevas
son los que refutan la regla
de no poder verse a sí mismos

ateridos en la soledad del nonato
recluidos en insano régimen masturbatorio
son preclaros en la observación de la torpe mismidad
ignorantes del peligro y la verdadera ira

sus llantos son gimoteos de asfixia prematura
y graznan cuando lo que desean es reír
tan cáustico el sentido de la hilaridad
paréntesis de horror ante lo inanimado ambiente

complácense en denigrar toda noción estética
aullantes ante lo imposible sublime
hay dolor y escarcha en esos alaridos
y la locura se transparenta tras su iris desvalido

van y vienen en la absorción de la propia sangre
aturullados y ob(s)esos mas nunca ahítos
refundando impasibles los bordes del propio derecho
ley sombría que nunca acontece

cómo inventan la unidad del nombre
será siempre negro misterio
en la disparidad del plagio de múltiples apellidos
concentran todo el enigma de sus vidas

los ciclos se suceden en la resonancia estomacal
de esas pupilas envueltas en placenta
viviendo

una existencia pixelada

martes, julio 18, 2006

Carta recibida en diciembre del 2001

Don Gonzalo Hernández . ¨.

Espero me perdone por escribirle, se que usted es una persona muy ocupada y que se enfada cuando alguien lo interrumpe durante sus experimentos. Pero sepa usted que el motivo de mi carta, y estoy seguro de esto, acabará por darme la razón y usted no golpeará al cartero ni quemará esta carta.

He leído su obra y creo que sus experimentos con cuerpos frescos es realmente fascinante, sus teorías sobre la prolongación de la médula ósea en su fase intrabulácea, alargando su vida útil mediante la necrofagia, es excepcional. Pero debo comentar algo; le imploro guarde total silencio sobre lo que a continuación le contaré.

Traté de repetir uno de sus experimentos. El de la canalización del Aura mediante el implante de cápsulas de fosfato al interior del útero. Hice todo al pie de la letra, el cuerpo de la doncella no tiene más de 13 años y murió de causa natural, su cuerpo estaba fresco; luego puse los diodos en las sienes y el cloro azulfatado en las corneas. Al aplicar la corriente (y como usted recalca en la página 115 de su libro) inserté las cápsulas de fosfato por su vagina. Hasta ese punto todo iba bien, pero…, oh Dios me perdone…

La doncella abrió los ojos, para mi asombro y casi paro cardíaco. Gritaba como un simio, y se tomaba la cabeza emitiendo lamentos de dolor y horror; gritos y llantos que no podían venir más que del mismo infierno.

Traté de callarla dándole con una pala en la cabeza, pero logró incorporarse y salir huyendo. Pero eso no es todo, desde que huyó de mi sótano, lugar en donde realizo mis experimentos, HAN DESAPARECIDO NIÑOS. ¿Puede usted ayudarme? Sólo usted tiene el conocimiento para salvar mi alma.

Cada noche desaparece un niño. Pero eso no es todo, la otra noche encontré a mi fiel can muerto. Tenía la cabeza completamente girada y no tenía sus patas. Luego, y con la más grande de las penas en la noche cavé un hoyo y le di sepultura. Cuando me disponía a volver a mi casa giré y lo que vi fue horrendo. La doncella que había huido del sótano la noche del experimento estaba detrás de mí con un pequeño bebé en sus brazos. Oh Dios mio, no puedo dejar de temblar al recordar esto. La doncella, que ahora parecía un zombi descompuesto orgánicamente, comía con hambre feroz del pobre recién nacido. Le propinaba mascadas con total gula y me dejaba ver la sangre con pedazos de carne que se mezclaban dentro de sus fauces diabólicas.

Ahora vive dentro de mi casa, no sé en qué lugar exacto, pero la escucho durante la noche. Le doy escopetadas al aire, no puedo más; se burla de mí. La otra noche desperté y tenía los pantalones abajo y ella me estaba succionando el capullo; grité y ella arrancó a esconderse. Don Gonzalo, se lo suplico, usted debe ayudarme o no quedarán niños en este pueblo.

lunes, julio 03, 2006

Piscolear metaleando

O metalear piscoleando, en la calle y escuchando discman, solo, con una botella de plástico llena de brebaje en el bolsillo de una parka encontrada en la acera pública otra noche igual de pistoleado, en Libertad con Portales, parka que aún conservo, no así la botella en cuestión, que terminó en el suelo y pateada por un punkie encontrado en la ocasión de la noche con el cual discutía de si acaso el thrash es algo auténtico o de si la música punk es o no una actitud de vida, qué se yo, o en tantas otras partes, como en el departamento de Daniel por ejemplo, Mitienka para los amigos, pues su carácter homológase con el de Dimitri Karamazov en lo fogoso, noble corazón, y en su departamento, digo, escuchando At the Drive In y preparando piscola tras piscola en armónica correspondencia con la música, aunque a los At the Drive In no les guste que los llamen metaleros ni quieran tener nada que ver con el metal, menos todavía a The Mars Volta, lo cierto es que en la memoria aparece como un recuerdo nítido de una metaleada bien regada con piscola, como con Salgado y Chachi tarareando todos los discos de Death bajo el auspicio de Capel o de Tres Erres o alguna otra compañía pisquera, o la otra vez con Zeto Bórquez en su refugio, cuando me pasó su magnífica publicación “La pichula de Heidegger”, o al menos uno de sus ejemplares, además de un volumen de su trabajo que contiene la impronta de Juan Luis Martínez, según el mismo Zeto Zeto reconoce y admite y hasta se enorgullece, sí, aquella vez en que saltó a la palestra Slayer y Testament e incluso por ahí un par de temas de Cryptic Slaughter en vinilo, egregia reliquia de los años de gloria del thrash cuando Napalm Death hacía sus primeras, y mejores, armas en esto que se ha dado por llamar metal extremo, pero el hecho es que piscoleamos, además de flirtear con el whisky y la cerveza y la mixtura de todo, de suerte que mi memoria al final se resiente y termino viéndome con la misma parka que en la euforia de la piscola aparece en la imaginación como la chaqueta de ese Archimboldi soñado alguna vez, prenda que consiguió a la par de su primera máquina de escribir, como todos recuerdan, aunque todo esto a fin de cuentas sea la mar de absurdo pues el hecho es que estoy caminando piscoleado bajo la luna de Santiago, tal como alguna otra vez lo estuve en otras latitudes, Dalcahue por ejemplo, con las estrellas meándome encima y enfermo de la guata pero sin hacerle el asco a la piscola e insistiendo en poner Tool y Alice in Chains a todo pulmón, aún a pesar de que ciertas tipas ahí reunidas se rehusaban pues preferían la Radio-Activa o quién sabe cuál emisora local, y tras las pistolas se pasó de milagro el revolverse de los intestinos o quizás fue la música, el hecho es que después las fuimos a dejar al pueblo con el Pato y para hacer eso teníamos que bajar por una cuesta de cerca de un kilómetro de extensión, esa que lleva a Mocopulli, pero lo difícil no era bajarla sino lo que venía después en sentido contrario, se entiende, y entre la lluvia y la locura se nos ocurre hacer una carrera EN SUBIDA, la cual por supuesto perdí, pero de pronto un sonido aparece de entre los matorrales y he ahí una chilota mojada hasta las barbas, aterrada, y a la cual al parecer habían violado y abandonado a su suerte, vaya sorpresa se imaginarán, claro, lo cierto es que al final, como siempre, la apariencia primera dio lugar a algo totalmente distinto y por cierto ridículo, no lo contaré pues lo relevante es que al otro día el dolor de guata ya no estaba pero los muslos palpitaban y se retorcían por la ocurrencia de correr en subida casi un kilómetro, extrañas propiedades las de la piscola, como transferir el dolor o quizás relocalizarlo, ¿cómo saberlo?, podría hablarse de políticas de la consolación, lo cual por lo demás es en sí una idea bien alcohólica, pero el acto de discernir es ajeno a ese instante y poco importa, a fin de cuentas, como cuando con el Negro Bastidas nos internamos en un cementerio en Frutillar e hicimos sonar en lo oscuro “Cemetery Gates” y antes iniciamos la ronda de piscolas con Deftones y yo terminé, queriendo empezar, dentro de un foso abierto alegando la mayor de las comodidades, acaso parafraseando a Patton en Diggin the Grave, es posible, pero lo cierto es que en la piscoleada del metal los derechos de autoría de alguna forma se te hacen propios en la ilusión de que tus actos te pertenecen y las mismas palabras en simbiosis con los acontecimientos de la piscola llegan y legitiman algo, haciéndote creer que ahí existe una verdad personal e intransferible, aunque ya se lea que a fin de cuentas resulta todo lo contrario, y así como en el sur la operación se ha efectuado también, con sumo éxito, en el norte, como por ejemplo en Pisco Elqui o Alcohuaz, con los hermanos Marchant y el mismo Negro y una radio de voz algo chicharra pero emocionante igual a efectos de pistola, y así frente a fogatas o al lado del río con la compañía de Metallica y de Mercyful Fate, y también de Megadeth y los brasileños de Sepultura y nuestros compatriotas Criminal, que de compatriotas harto poco les queda, no así todavía a las latitudes del valle de la cuarta región que por mucho que sean tierras privadas siguen pareciendo chilenas gracias a la porfía de tipos como Barbosa, el mismo que una vez nos sacó de su “lado” con una escopeta, disparando tiros al aire, impidiéndonos terminar el caño arriba del cerro, donde todo se veía tan bonito, pero a pesar de salidas como esa lo cierto es que Barbosa conserva cierta brutalidad primigenia que preserva la pureza del lugar, o de lo contrario ya tendríamos algún resort o mall en medio de lo agreste y con todas las impudicias que conllevan ese tipo de casos, algo tan feo como lo que hicieron cerca de la playa La Virgen, más al norte aún, cerca de Puerto Viejo, cerca de la ruta a Caldera, cerca de Copiapó, que es ya bien lejos mirando las cosas desde Santiago, en fin, un lugar precioso, la playa mencionada, hoy convertida en basural de turistas donde lo natural es preservado con el criterio de que el que llega sólo puede hacerlo arriba de una cuatro por cuatro y pagando una millonada, y no es por enorgullecerme pero cuando yo lo hice lo hice caminando en medio del desierto y escuchando Kyuss y con un potaje que, a estas alturas, el lector adivinará que es piscola, la cual por un error de tipeo estuve a punto de definir como psicola, lo que ahora pienso que da para otras connotaciones que bien podrían ir recopiladas en un ensayo bien puntualizado, no en un texto lleno de puras comas como este, desde luego, pero para el caso lo que importa fueron esos cuatro kilómetros a pata, como suele decirse, marcha que te marcha por Atacama y envolventes riffs saliendo de los audífonos, muy buena aquella metaleada en piscola, y no es que el lugar importe tanto pero también puedo rememorar otras grandes ocasiones, sin ir más lejos de Lo Espejo en casa del Chico Robredo, donde al ritmo de Anthrax y Pantera y Iron Maiden se terminaba con cuatro o cinco botellas de pisco y bailando, pues trátase ésta de una música por esencia muy bailable, en calzoncillos, según testimonios, ocasionando más de un desorden entre los compañeros periodistas, y es una lástima sin duda que Robredo y yo no nos hablemos hace más de un año y mal puedo predecir si a futuro volveremos a ser amigos, pues no todo termina siendo felicidad cuando se piscolea y metalea al mismo tiempo, si bien es una ilusión que parece perfecta en un modo, dicho como Obelix en estado de ebriedad, en Lutecia y a punto de partir a Roma a buscar la mismísima corona de laureles del César para hacer una sopa, que es en realidad “ferpecta”, pues al otro día hay en ocasiones sufrimiento y gran frustración, todo hay que decirlo, sin olvidar que están también las veces en que una cierta felicidad, o, siendo no tan ambicioso, sensación de bienestar, llámese tranquilidad de espíritu tal vez, aparece, como cuando con Pedro, en Achao o en Puerto Montt, nos tomábamos las piscolas en la carpa o al lado de ésta o en la pieza que arrendaba el maricón y en la cual compartíamos piso junto a esas señoritas tan especiales y que fueron tan generosas con nosotros, pues ahí también se piscoleó y se metaleó en considerable cantidad, esa vez al ritmo de Moonspell y de Nine Inch Nails y de Soundgarden también, hasta donde me acuerdo, probablemente también hubo algo de Los Jaivas, aunque estos últimos no sean lo que se dice una banda metalera, al menos Las Alturas de Machu Pichu resulta un lugar correspondiente con lo que en todos estos casos se ha hecho relación con el sentimiento del metal bañado en piscola o su inversa, un pedazo de vida fundido en la intensidad que luego deviene, inevitablemente, en la nada de un recuerdo que sólo cuenta para soñadores cuya meta es lo intermedio que hay entre la disipación y la espera de la muerte, algo que bien podría llamarse catástrofe o desesperación, pero que para el caso no pasa de un tedio tal vez demasiado prolongado, considerando que ya son casi treinta los años en que la cabeza se viene moviendo hacia ninguna parte.

martes, junio 27, 2006

Un lugar cálido

A Gabriel Troika.

Recuerdo claramente la vez que soñé que existía. Era un febrero que actuaba como crepúsculo en un sentido más amplio que el estival. La bruma líquida nacía del suelo arenoso y se extendía por la llanura hacía más allá del lugar de donde provenía el ganado. La amistad arriba de todo, en la mañana, y la vida era niebla, una blanca y húmeda nube permanente que flotaba entre nosotros y bajo los cielos invisibles. La luz de una intensidad espectral, cargada hacia un sector indefinido del ojo, bella hasta lo dañino, musical. Una uniformidad cegadora que en un alma poco inclinada a la claridad podía resultar hasta claustrofóbica, pero a mí no se me apareció así pues todo era excepción. Soñaba con quedar ciego para siempre; una ceguera total, completa, la que no me fue dada. En la tarde, mis pies se bañaron en una cálida, transparente agua a medio camino entre el dulzor y la salinidad, y los cangrejos se mostraban hostiles ante mis dedos sumergidos en insular arena, pero reaccionaban como liliputienses ante la embestida de los pasos del gigante, tan soluble. El canal desembocaba en un universo evanescente de liquidez brumosa, y las aguas se abrían hacia el infinito en espumantes bríos de danza orgiástica, donde la cópula de las olas con el cielo inmaterial podía escucharse en gritos de estruendo salpicado de lujuria oceánica, en bravatas de sangre que estallaba seminalmente en un punto nada perceptible para el espíritu mediterráneo que constituye mi ser. Lo mío era la niebla, esa dulce ambigüedad de lo vivido que brotaba de mi nueva tierra, así que volví sobre mis pasos y sobre la estepa de eternos granos me posé, preso de un eco que sólo lograba prolongar esa ingravidez adúltera, a medio camino entre la desdicha vital y el jolgorio del sueño. Grata dualidad, tibia cadencia, espectral zumbar de oídos. Y las melodías se sucedieron como las millares de gotas que el viento traía consigo en nebulosa forma, envolviéndonos. Junto al amigo fraterno cantamos una Reflexión de manera estruendosa, en un silencio tan colmado de felicidad que parecía insoportable de lo irreal. Juntos compartimos ese Sitio Tibio mientras una forma esférica y rojiza se distinguía entre las nubes danzantes, arremolinantes, y la VERDAD brillaba en medio del vórtice invitándonos al eterno naufragio, a extraviar todo timón, a permanecer en la nocturna fornicación de todo dolor, ese que nos otorga los eternos laureles de una vida suprema, elegíaca y aristocrática. Dolor y plenitud danzando de la mano a través de la soledad del aire, como fantasmal mármol que deviene cíclicamente a través del correr de las aguas, en ese punto inexplicable en que la tibieza de la tierra se une con lo gélido interminable del mar austral, en una estacionaria retroalimentación similar al compartir de fluidos de dos gigantes acéfalos profundamente imbuidos de placer, extáticos ante una violación en común sin parangón cósmico anterior, andrógino abuso de eternidades, y nosotros en medio de ese vendaval de lascivia divina, con la niebla como un manto interpuesto por los Dioses que impedíanos contemplar la esencia del concubinato sideral, pero que nos mantenía flotantes, puros y vulnerables, como fetos que comparten un trozo inmaterial de invisible placenta, y donde la bruma era el útero germinal, el Lugar Cálido desde el cual se podía observar con claridad y sin límites de tiempo el modo en que el clima cambia. En ese punto arenoso, donde el suelo blando paría los torbellinos nebulosos que nos cubrían, me remonté a la ciudad de los Antiguos Emperadores e hice valer mi bien ganado derecho a la estupidez respirando de las miasmas de la tierra el aroma vacuo de las insipidez humana, llenando mis pulmones del limpio aire de desafección que tanto necesitaba; sentía en mi interior como el oxígeno se iba transformando en líquido, y la naturaleza se mimetizaba orgánicamente en mis pulmones; cumplíase una estación, y cuando abrí mis ojos para contemplar nuevamente el sueño, el crepúsculo se había consumado de una forma igualmente etérea que el resto de la jornada; hacia el devenir nos entregamos, jubilosos y prácticos en la recolección de material inflamable. Nació el fuego en medio de la noche, y el nebuloso manto se abrió dando paso a la colección de estrellas australes, amplio catálogo que, percibido al calor de las llamas centelleantes, fulgía como aureolas que coronaban a la divinidad saciada de su salacidad y que, ahora, retornada al Olimpo, nos protegía bajo el regazo de la pasión en lento deceso. Y los ojos de Heráclito nos observaban desde la fogata mientras la conversación abordaba zonas insospechadas y las iluminaba sin necesidad de la vista. El calor y los oídos lo eran todo en ti, Cucao añorado, y en tu corazón mismo comprendí a mi amigo en su enseñanza de que el lenguaje debía ser moldeado en función del placer, así como los Dioses creaban y parían en un mismo proceso de satisfacción y vómito unificante, aunándolo todo en elementos dispersos, imbuidos en goce y dolor, pues no hay otro camino posible, según nos indicó esa noche el mapa estelar de las deidades interplanetarias que formaban, sobre nosotros, en la bóveda adamantina que constituía nuestro reflejo, una parábola configurada de cientos de espirales distintas y luminosas, mientras la noche y Chiloe se apagaban en la distancia y la vida retomaba su flujo ordinario y la pasión y el esfuerzo habíanse fortificado en esa jornada de ensueño estival. Un alma renacía agradecida hacia ese vórtice que había reinyectado en mí el amor hacia la existencia de manera tan indefinible.

lunes, junio 19, 2006

(E)xperticia.

¿Qué instrucciones le daría a un estudiante a quien le alquilara una buhardilla?
Y no me diga que no tiene buhardilla…

R: Le diría que se dedicara toda la juventud a hacer el idiota
y así en la edad madura tendría algo que contar
.[1]

Le digo a Rodrigo que el origen del juego de experto es europeo, griego particularmente, y él me responde en su estilo haciéndome recordar la relación entre los helénicos y el destino. Algo más que un tono de burla se esconde en sus palabras. México acaba de empatar sin goles con Angola y he aquí que he tirado a la basura cinco mil pesos que bien podrían haber sido aprovechados de mejor forma.
Laméntome rabiando en roncas murmuraciones que resuenan en las cavernas interiores, donde hay moho y oscuridad.
El hecho es que en la tradición griega encontramos dramas y también comedia. La experticia hace un potpurrí entre una y otra, cuajando elementos que, vistos con humor, configuran falaz tragicomedia. Las presentaciones ocurren más bien al azar, pero en mi caso personal debo decir que las galas principales tienen lugar los días sábado, preferentemente.
Relato las más significativas.
Dos semanas atrás despierto bebido y preso de una idea fija: Cobreloa y la U, que juegan en Calama, no pueden sino empatar. Raudo corro a la agencia más cercana y apuesto diez mil al evento que en mi imaginación aparece a priori en tablas. No contento, le juego otros cinco a tres partidos más. Con Marcelo apuramos unas latas de cerveza y partimos como niños un tanto alcoholizados a recorrer la ciudad. Jugamos a la pelota, perdemos pero no importa. Se viene el partido. Eso es lo real. Un boliche, dos litros más de cerveza y a gritar al frente del televisor se ha dicho. Todo inútil, pues gana Cobreloa. Diez mil perdidos. Recrimino a mi amigo y me burlo de él, ya que es de la U, pero en realidad me mofo de mí mismo y él así lo entiende pues ríe conmigo de buena gana. A no desanimarse, empero; queda la esperanza, si bien incierta, de los otros tres partidos. Una cabina de Internet, nudo estomacal, avizoro el carácter negro irrevocable del sino, pero esta vez Fortuna parece estar girando a mi favor. Dos de los tres encuentros cumplen con lo pronosticado, sólo resta el partido entre Unión Española y Puerto Montt que se está jugando en Santa Laura, barrio Independencia. ¿Vamos al estadio? Lógico. Más latas y una micro y la creencia, por lo demás absurda, de que Unión debe ir ganando cómodamente. Llegamos y quedan quince minutos, por lo cual entramos gratis. En el cementerio de elefantes que es Santa Laura no hay más de dos mil quinientos ejemplares humanos, en su mayoría frustrados pues Unión sólo empata a uno y parece no tener idea de cómo llegar al área contraria con peligro. Súmome a la desazón colectiva, desde luego, y se me viene encima una jaqueca reprimida desde la mañana. Marcelo no pierde la esperanza y grita y alienta y parece como si él también hubiese apostado y en algún modo es así. Juntos hacemos el indio mejor que separados. No queda nada y de pronto aparece Manuel Neira y llega el gol de Unión. Jamás imaginé devenir en hincha hispano gritando un gol agónico en su estadio, pero así estoy. Como broche, en los descuentos llega el tercero, esta vez de linda factura. Nos abrazamos, saltamos, fraternizamos con el fanático de Unión. Con el alma henchida de rojo y el estómago ronroneando de hambre me allego al vendedor de comestibles y compro un pan con palta, mientras mi amigo le grita enardecido a un par de personajes que aparecen por el costado: “¡Ganamos, huevón, por fin ganamos!” Observo que está bastante emocionado, luego río al comprobar que esos dos gritoneados son Francisco “murci” Rojas y Emerson Pereira, flamantes valores unioninos que hacen su retirada del estadio un tanto turulatos ante ese hincha tan peculiar.
Lo que siguió a continuación fue tanto o más comedia, pero no viene al caso
contarlo aquí.
Tras que Fortuna me revelase, en tono de joda, su lado más amable, hacíéndome creer en cierta catarsis o éxtasis futbolístico, vino inevitablemente la contracara. Me gustaría decirlo con pompa y nombrar una Hybris y su Némesis consiguiente, tal vez compararme con Sísifo, pero no quiero hacer de esto algo aún más ridículo. Lo de México fue un viernes y contó con algunos elementos en común con el viernes previo a la comedia santalaurina, como que me junté en mi casa con Pedro y Silvia a comer y beber de algún modo a destajo. Un nuevo despertar sabatino y vuelta a la monomanía. Mundial de Fútbol: República Checa v/s Ghana y U.S.A v/s Italia. Mi inclinación es netamente europeizante y hacía allá dirijo diez mil en apuestas, soñando con duplicar el dinero mientras paseo por el centro con mi amada Jó en un estado de bienestar de lo más grato. El cielo se muestra limpio y los rostros de los ciudadanos parecen mansos e inofensivos. Pareciera que cuento con el concurso de Fortuna, me digo, hasta que tropiezo con una tele que me muestra que no han pasado ni cinco minutos de partido y los checos ya pierden por uno a cero a manos de los africanos. Porfiadamente creo que es un resultado que Rosicky, Nedved y compañía, habrán de revertir. Error. Ya instalado en el segundo tiempo me convenzo de que la impronta del partido la marca Ghana, e incluso termino apoyando a los africanos y aplaudiendo sus jugadas. Salgado diría que es inaceptable que los negros tengan un país propio. Yo creo que además de eso tienen talento para el fútbol. En fin. Diez más cinco hacen quince, en este caso menos quince. Un calculo insensato de las posibilidades de cómo recobrar lo perdido. ¿El resultado? Una cartilla única a Italia con todo mi haber disponible, a saber, sesenta mil pesos. No hay duda de que Italia gana, -si bien no es Ghana, todo hay que decirlo. -, y por lo demás los Estados Unidos de Norteamérica son un país despreciable desde muchos puntos de vista. Uno se convence de lo que quiere creer de las más absurdas formas. Y si llego a perder no tengo ni la menor idea de cómo llego a fin de mes, está claro, el problema es que perder no se me pasa por la mente siendo que es siempre la más segura opción. Como un borracho me encamino a la agencia y hago la apuesta y encaro con gallardía la mirada del dependiente, hombre razonable que sabe que frente suyo un demente lo observa erguido. Suelto el fajo y recibo a cambio una papeleta verdosa. La estupidez está hecha.
De ahí en más sólo queda escribirlo, me digo un par de horas después.
Ignoro, pues, si aún me puedo considerar joven y si en verdad tengo algo que decir. Desconozco, asimismo, si acaso el fútbol es una metáfora de la vida o si es la vida la que es metáfora del fútbol, siguiendo una polémica instalada por los comentaristas. Lo que sí sé es que hay algo en lo que siempre seré experto: hacer el indio.

[1] Respuesta dada por Enrique Vila Matas en el suplemento Ñ del 28/01/2006

lunes, junio 05, 2006

El Hombre Pájaro

Se llama Alejandro Espíndola y está absolutamente orate. Su pasatiempo favorito consiste en posarse en los entretechos, azoteas, áticos, y en general todo lugar ubicado en las alturas, con el fin de mimetizarse con las aves que lo rodean; es un convencido del evolucionismo aéreo-bípedo, corriente de pensamiento de la cual no estoy lo suficientemente interiorizado como para permitirme una condición de militante, aunque algo puedo rescatar de todo ello. Sus cultores, entre los cuales cuento a mi singular amigo, se adscriben vehementemente a la conocida teoría evolucionista que supone que nuestros antepasados más pretéritos, aún antes que el simio, fueron las aves. La mayoría sostiene la hipótesis argumentando el extraordinario parecido, en términos de grosor y volumen, que habría entre la espina dorsal de un pajarraco cualquiera y la del hombre. Asimismo, la estructura ósea existente en los cercos occipitales del cráneo humano no dejaría de tener asombrosas similitudes con la composición cremosa que constituye los huesos del pájaro en la mencionada cavidad. Por supuesto que hablamos de aves prehistóricas, muy distintas a las que conocemos en la actualidad, más feroces y con modalidades reproductoras que, según afirman los humanos-aves, comprenderían conductas sexuales ambiguas, lindantes con la concupiscencia extrema y que podrían tener impresionantes grados de semejanza con ciertas perversiones humanas. Es así como encontramos pterodáctilos coprófagos, bicharracos que gustan de infligir tormentos sexuales a sus crías, así como también extrañas prácticas copulativas aéreas que incluirían bizarras poses amatorias entre nuestros alados amigos; es cosa de creerlo o no, y Alejandro Espíndola lo hace con pasión exacerbada.
Existe otro argumento, empero, que mi amigo sostiene con igual taxatividad, y que tiene relación con el complemento de nuestro aspecto físico-biológico, es decir, con nuestro espíritu. Según Espíndola, nuestra alma, advirtámoslo o no, tiene una propiedad voladora innegable que sólo muy pocos son capaces de descubrir. Esto constituye, en su opinión, la prueba más irrefutable del equilibrio final existente en su volátil teoría, y solamente susceptible de ser descubierta por medio de los sentidos, a través de la afectividad contenida y el contacto con los cielos. Alejandro refuta con particular odio, no obstante, todo lo que tenga que ver con aviones, helicópteros, y en general con todo aquello que implique una maquinación a la hora de alcanzar las alturas. “Los medios sí importan”, afirma, y luego pasa a encolerizarse y echar diatribas por doquier en contra de todo aquel que haya promovido el desarrollo de la técnica aeronáutica en nuestra civilización: “Esos hijos de puta de los Wright, querían llegar a las alturas los perlas, ¿y cómo? ¡Inventando máquinas, manejando artefactos banales! ¡No tienen idea de lo arduo que es el camino para alcanzar la plenitud, se van por las ramas y olvidan lo esencial! ¡El arte de volar! Preocupados de botoncitos, palancas, agujas y puras nimiedades. ¿Dónde quedan las brisas, el incesante y armónico batir de las alas, la convergencia de los cirros y la impredecible conducta de las corrientes? ¡No! Eso lo olvidan por estar preocupados de imbecilidades. Y encima les veneran. ¡Son ídolos! ¡Ejemplos para la humanidad! ¡Pobre raza, no digo yo! Parece que están condenados a errar perpetuamente, sin jamás despegar los pies de la tierra miserable y sin saber nunca de la auténtica gloria aérea.”.
Luego le entran profundos períodos depresivos en los cuales no come más que minúsculas migas de pan o de galletas, a ritmo monocorde y como recuperando fuerzas.
A veces pasa semanas encerrado en una azotea que alguien le convida para la ocasión, ganándose a la vez algunos pesos por cuidar tal o cual bártulo o limpiar la estancia. Mi amigo tiene una honradez a toda prueba, pero no por alguna especie de instinto altruista, como él mismo reconoce, sino por una indiferencia que aumenta cada día más hacia los bienes de pertenencia humana. La música no le interesa y lee sólo aquellos libros en los cuales puede encontrar algún tipo de ilación con su etérea convicción; en cuanto encuentra el más leve dejo de pragmatismo en cualquier cosa arremete con total furia en su contra, característica que en bastantes ocasiones le ha ocasionado serios problemas. Una vez quemó un baúl muy costoso que se hallaba en un ático arguyendo su “mundanidad insoportable”; asimismo, las ha emprendido en contra de muchas personas que ha considerado “excesivamente asentadas en el terruño”. Sin embargo, lo que considero su rasgo más característico es sin duda su desusada afición a las hierbas alucinógenas; fuma, como mínimo, siete a ocho conos de marihuana al día, liándolos él mismo. Dice preferir la forma cónica a la cilíndrica por ser en esencia más originaria. Ello, en su opinión, le permite contactar su alma de manera más cabal con la de las aves e inclusive acompañar a éstas en su deambular por los cielos capitalinos: “Podrás sentir cuando te eleves con ellas, tenue y vano a la vez, como si tus brazos fuesen de plumas. Podrás conocer regiones que antes sólo en sueños podías imaginarte, y experimentar la tan onírica sensación de vacío vesicular que sobreviene en los momentos de abrupta caída, para luego hacer un giro total y emprender el vuelo nuevamente, raudo, hacia las inmensidades estelares, en plenitud y libertad, batiendo tus alas y sintiendo el roce de la brizna con tu plumaje suave, límpido. ¡Ah, como me gustaría que me acompañaras, amigo mío, en mis vuelos siderales! ¡Descubrirías tanta vida paralela, tanta inmensidad! Te sobrevendría un desprecio total por nuestra raza, eso sí, pero lo que verías compensa con mucho toda desilusión hacia tan vana especie. ¡Cuanta razón tenía Lovecraft, visionario él, al viajar, interminable y azarosamente, hacia las provincias de más allá de la pared del sueño! Y eso que de batir alas nada sabía.”.
Es mi amigo Alejandro Espíndola, quien puede llegar a ser una persona muy afable si así lo quiere; podría agregar una o dos cosas más, pero esto se trata sólo de un perfil. Sin embargo, lo repito, está completamente orate, mas no por algo que me sea permitido revelar.

jueves, junio 01, 2006

DESASTRE DE INSTANTE

La idea me la empieza diciendo Bukowski en muchas partes. Bukowski lo dice todo bien, siempre, y eso es irrefutable. Aquí sólo se tratará de reformular la idea, algo en lo que siempre se debe insistir.
Trátase básicamente de lo siguiente: la vida moderna es en sí enloquecedora. Algo que visto en conjunto resulta obvio. Desmenuzando sus aspectos particulares nos encontramos con lotes de molestas instancias representativas, en todo caso, ricas en narratividad. Molestia, instante y locura, dan la impresión de condensarse en una idea que es objeto, y no exclusividad como algunos quieren, del sábado santo católico: la espera.
Ya lo dice el viejo indecente. Para todo tienes que esperar. Quieres “hacer cosas” y esperas a que te llegue, de una u otra forma, dinero. De pronto tienes ansias de comerte algún buen plato (el rato que pasa hasta quedar ahíto no cuenta) que devienen en la ilusión de esperar a que la barriga baje. Y así también esperas para follar y que la pulsión gonadal mengüe por un rato. Esperas; esperas. Para llegar a tu trabajo. Para enterarte de qué tienes que hacer ese día. Para que todo acabe pronto. Para volver a tu casa. Para salir cuanto antes de ella. Para que llegue la noche. Para beber algo un rato. A veces días. Para que se apague la resaca. Para que el año finalice, como si significase, mientras se desea que el siguiente sea mejor. O distinto. Por último queda menos.
Por su parte, el abuelo co-protagonista de “800 Balas” nos dice que en la vida, que es una reverenda hija de puta, hay que aprovechar los intervalos entre putada y putada para divertirse. De ello viven las gentes razonables. El resto puede bien resumirse en esa idea de espera molesta. Supongo que de esto se puede derivar que quien escribe no sabe ni disfrutar el presente ni tampoco pensar el instante. Supongo que es una posibilidad. Pero como ese suponer es también espera, declaro que se trata de obviar una consideración como aquella, del todo inútil por lo demás. Así, no nos vemos en la necesidad de recurrir a un principio contrario, como por ejemplo lo sería el poner al futuro en el lugar de un presente como tiempo controlador del movimiento. En una frase, al margen de tantos rendimientos filosóficos (chorros de palabras) a que se presta el vocablo “espera”, lo cierto es que en la vida diaria, o robótica, reconocemos siempre, en efecto, esperas. Como estar en una cola “dentro” de un banco, sin ir más lejos.
Y es que puesto en el contexto de la cola bancaria, la idea de naturaleza humana cobra de inmediato tintes perversos. Influye tal vez eso que hemos convenido en calificar como “molesto”. ¿Qué molestia es esa? Una molestia que entre otras cosas provoca fuerte impulso en el yo de entregarse al crimen e incluso al genocidio. Siéntese de pronto uno con el justo derecho a poseer para sí los rasgos del dios veterotestamentario, implacable y sanguinario con sus criaturas. Si mi juicio es que todos los que me rodean son seres detestables, debo poderlos decapitar y no darles sepultura, ahogarlos, mandarlos a quemar, todo según mi antojo. Y no es injusto pensar así pues la situación excepcional te justifica afectivamente el arrebato asesino y de pronto todo resulta en extremo claro. El rostro. El mismo rostro humano es ya una invitación a dejar suelto un Leviatán que, de no haber ley, veríase libre para matar y morir. Las narices chatas, los ojos acuosos, los pelos, los labios carmesíes, son desde siempre la legitimación sensorial del monstruo.
Fantasías, me gritan. Si es así, son legítimas ya que emotivas. Irrealizables, se escucha por allá. Frunzo el cejo y admito que puede ser. Hay súper yo e ideología socializante siempre funcionando en el ambiente, lo que hace real a la posibilidad de que podamos calificar a la escena como realizable o no. Sin inclinarme por Hobbes ni por Rousseau, apuesto a que de no mediar estos y otros elementos represores pensaríamos de la realidad algo bien distinto. Quien afirme que ello ya no sería pensar olvida que desde la vereda contraria le pueden lanzar similar objeción. Siempre como un constante ping pong, la dialéctica.
Llegamos así al punto en que es menester tomar una decisión. Lo esquivamos, postergamos, dejamos para mañana. Por mientras esperamos, pues vivir en la espera tiene también notable efecto de cotidianidad que ayuda a disfrazar las ideas cuando estas se ponen comprometedoras. De esta forma aprendemos a apreciar los detalles de esa molestia que bien podría devenir locura. ¿Quién puede figurarse la existencia completa como cola de banco? Pasatiempo de masoquistas, si con media hora basta para hacerse una idea exacta.
Un subsuelo, de partida, donde el blanco no es distinto, visto con tiempo, que el de las paredes de un manicomio. Donde la publicidad amigable de la institución te rebota en las vísceras como burla. Durante horas parado debajo de una escalera y a través de una fila cuyo curso no puede sino ser absurdo. Multiplícase el odio cuando falla de manera definitiva uno de los auriculares y la música se va al carajo. Obligado también a atender al televisor colgante. ¿De qué hablan? Un programa dedicado a la naturaleza en cuatro partes: El calor de la tierra, los tifones, terremotos célebres e islas azotadas cada cierto tiempo por ígneas explosiones. Algunas imágenes son bellas. El tono del relator, despreciable. Dice lamentar que el hombre deba reconocer su impotencia ante ciertos fenómenos. Asegura que le duelen esas muertes, pero lo que a uno le duele es esa voz. La cola no avanza. Más tarde enseñarán a preparar un pollo con jugo de limón.
Ir acompañado puede ser solución, se imagina uno ahí parado y solo sin música. Claro, puede ser. Pero no ahora. Por ahora se espera.
No creo que sea sólo odio y animadversión que aparecen como se van, contingentes, sino una suerte de malignidad reinante. La prueba es que los demás tienen sus ojos pegados al aparato televisivo, vicariamente de pie mientras ven al mundo morir. Maynard J. Keenan, al igual que el viejo, siempre lo dice todo muy bien.
Y no hay miembro de la horrible fila que no piense para sus adentros: “Qué desastre de institución bancaria”. Aunque en realidad quieren significar otra cosa.

lunes, mayo 29, 2006

CALLE DE ILUSIONES

En modo alguno se trata aquí de tributar ni de homenajear a esa película basada en la vida de cierto sobrevalorado rapero. La tan famosa “8 Miles” no puede arrogarse el ser la única arteria del mundo hecha de la consistencia de lo ficticio. Nuestro Santiago nos ofrece también ejemplares tanto o más ilusorios, dignos de competir internacionalmente por el galardón al trozo vial más etéreo, la calleja por la cual sólo habita o mora en ella especimenes de la más sustanciosa irrealidad. De si ello es característico o no de la realidad misma, quede para otra conversación.
Pedro de Valdivia. Su trozo “providenciano”, y aún también cierta porción de su existencia que corresponde a Ñuñoa. Digamos entre Providencia e Irarrázaval. Si tienes la suerte de trabajar en sus inmediaciones…, mejor aún, si tienes la dicha mayor de que tu trabajo te obligue a caminar diariamente innumerables veces por sus veredas tan (ilusoriamente) atestadas de transeúntes, cruzar su humanidad por entremedio de los adoquines característicos, respirar cotidianamente su vaho helado de antes de las ocho y media de la mañana (cuando no llegas borracho, -y por consiguiente tarde-, a la pega), el hedor nebuloso de mediodía y ese aroma indefinido, dulzón, de después de almuerzo, cuando a la misma avenida le crece la panza y todo su ritmo interno se abotaga; si tienes la suerte, digo, de familiarizarte con todos esos aspectos nimios de la existencia pedrovaldiviana, entonces también te resultará conocida esa sensación espectral que se apodera del espíritu tras un par de semanas entregado a su dinamismo de avenida añosa.
Porque de añosa, en rigor, bien poco tiene. Quiere serlo, quiere aparentarlo, y de hecho tal vez al principio, las primeras veces, logra ese efecto en el espectador distraído, dizque turístico, que la recorre con paso cansino o arriba de un bus. De tan lejano, empero, el recuerdo se nos escapa, y aquí no estamos haciendo especulación. Lo concreto es que en la mentada calle hay una apariencia de tradición, de legado, aparte de un halo a distinción que no son, en sí, más que fantasmagoría. Ya le gustaría al señor alcalde salir diciendo, por ejemplo, que los adoquines que la distinguen datan de un siglo o más, pero bien sabemos que los han cambiado (mal, por cierto) luego de las últimas incursiones de los topos de Metrogas. O sostener que los árboles que le “dan vida” son en verdad vetustas especies, e incluir en sus frontispicios lindos letreros en los que se señale su denominación de origen. Pero todo eso es imposible pues ya sabemos que los proyectos de plantaciones son por aquí más que tradición conservadora, arrebatos de desesperación ante el humo ambiente. El mismo edificio municipal providenciano, aparente castillo, no es más que un conjunto de refacciones montadas sobre sí a través de las distintas concepciones estéticas de las sucesivas administraciones. Al final nadie entiende nada, aunque todo esté ahí como prueba de “algo”.
Porque ahí hay un “todo” que justifica un “algo”. De eso no hay duda, o no debiera haberla. Pero insisto, son efectos de superficie que bórranse o difumínanse no bien se tiene la suerte de familiarizarse con la avenida. Porque es una suerte, créanme, descubrirse a sí mismo participante, parte del tránsito de un decorado ficticio. Y si todavía quedan dudas no queda más que fijarse en los especimenes que van y vienen de norte a sur por la humanidad vial. Sobre todo las mujeres, y de éstas las mozuelas que van desde su etapa más púber a los Sagrados Corazones, a esas plenamente núbiles que merodean alrededor de las Universidades Finis Terrae y Ucinf. Se supone que en realidad estudian ahí, pero yo prefiero la palabra “merodear”. Y se supone que son (casi) todas hermosas y viven, sí, pues vaya que rebosan de rosado sus mejillotas y vaya que parece que cada trozo de carne transmite “algo”, pero de a poco nos entra la sospecha de que la tan mentada belleza y la tan envidiable vida no son tales; más aún: no pueden corresponderse. A poco andar, en resumen, nos vamos convenciendo de que la irrealidad termina por atrapar sobre todo a quienes por ahí pululan. Pedro de Valdivia es una calle poblada de fantasmas.
La irrealidad es muy probablemente una de las zonas más bellas a las que tiene acceso el humano. Sin ironía, uno bien puede decir que el creador ha sido benévolo al incluir en nuestra percepción de lo posible, mal que bien, el acceso a las zonas donde nada es real del todo. Si ello sólo puede aparecer como extra-sensible, si aceptamos esa paradoja, no invalidamos en modo alguno el enunciado primero pues bien podemos seguir distinguiendo la belleza de la fealdad en los terrenos de lo imaginario. Si uno tuviese cierto grado de osadía ontológica, afirmaría tal vez que la ficción no es sino la condición de posibilidad para la existencia de lo bello. Pero todos sabemos que en esta materia, hoy por hoy, es mejor mostrar una prudencia acertada, y por lo tanto ni siquiera haremos mención de todas esas cosas. Todo lo cual no quita, en modo alguno, que la avenida Pedro de Valdivia, de la ciudad de Santiago de Chile, no sea, en estricto rigor, algo absolutamente inexistente. Y si hay en el exterior algún tipo de certamen que premie a las calles más ricas en irrealidad (cosa que debiese existir, evidentemente), sostengo que nuestra avenida Pedro de Valdivia debiese de inmediato ponerse en la lista de postulaciones correspondiente, para bien de la imagen chilena en el mundo que hay detrás de la cordillera y más allá del mar.
Cabe sospechar, desde luego, que todo lo que rodea a esta notable calle no sea, asimismo, inexistente. En cuyo caso, se me objetará, la avenida en cuestión terminaría resultando lo más real por cuanto representativo. A falta de pruebas contundentes que prueben la verdad de ese tipo de afirmaciones, desecho de momento esta opinión hasta que lleguen a mis manos demostraciones científicas de peso que respalden una posibilidad que entiendo inquieta a todas las gentes preocupadas por la suerte del mundo y los problemas de nuestro tiempo.
Resta decir sólo un par de cosas personales, y es que en tan recurrente tránsito por esta calleja que se viste de gala para la realidad, no siendo más que pordiosera del reino de los fantasmas, uno termina por involucrarse con su ilusoriedad a un grado quizás más allá del aconsejable. Así como los caballeros bien terneados, las señoritas perfumadas y, ay, tan deseables, o los panaderos o suplementeros o el abuelito de barba dostoievskana con el cual converso de cuando en cuando, yo también me transfiguro en otro espectro más, no siendo ello sino resultado de un proceso de lo más lógico que hay, atendidas las características de esta calle. Debo testimoniar, en suma, que hay pocas cosas más agradables que ver a la ilusión del yo perderse entre otras tantas, ojalá al ritmo de un buen disco que bien podría ser, siendo contingentes, el “10.000 Days” de Tool.